julio 12, 2024

Ídolos planos

Hace poco vi un especial de Dave Chapelle, en el que comentaba que la CIA tenía un departamento encargado de averiguarle secretos sexuales a las personas que consideraba peligrosas. Había archivos con descripciones sobre las preferencias, manías, filias, gustos y abusos de varias figuras públicas. Chapelle explica en ese stand up comedy que por eso es que hay tantas imágenes e historias de Martin Luther King con mujeres.

—Todos mis héroes o fueron asesinados por el Gobierno o son agresores sexuales– dice Chapelle, desatando las carcajadas.

Si se busca con minuciosidad en la vida de cualquier persona que sea idolatrada, la decepción es un destino seguro. Idolatrar implica cubrir la realidad con un matiz de fantasía, embelesarse con una imagen de lo imposible: con la ilusión de perfección. A menudo, esta imagen suele ser construida por otras fuerzas –políticas, publicitarias, periodísticas– y es alimentada por las carencias del espectador. Es más fácil creer que una actriz es perfecta si estás rodeado de mujeres imperfectas. La fantasía constituye, entonces, un anhelo: tener algo, ser algo o que el mundo funcione de una forma. Esa ilusión es casi una defensa para no aceptar que todos somos una escala de grises. El niño cree en Santa porque necesita que el mundo tenga un orden amable y mágico.

Las figuras públicas acaban constituyendo una suerte de símbolos que le hablan a la sociedad. Decenas de asesores utilizan el marketing para crear personajes planos. El político valeroso, la activista solidaria, la monja compasiva. El malo que es muy malo y el bueno impecable solo existen en la mala literatura y en el artificio de las figuras públicas. La serie Bojack Horseman, por ejemplo, muestra cómo una indolente y superficial intérprete musical puede convertirse en una ídola feminista pro aborto sin haber hecho el más mínimo ejercicio de reflexión ni haber leído más que la etiqueta de un shampoo.

Creo que la literatura me hizo inmune a lo que en música llaman el efecto tarima, que no es otra cosa más que idealizar la imagen de cualquiera que agarre un micrófono y tenga suficientes personas coreando su nombre o su canción. La literatura y, quizá, el haber tenido la fortuna desde chamo de conocer, tratar y hasta trabajar con algunos de mis referentes.

El arte es el contrapeso genuino al efecto embriagador que produce el marketing. Cuando nos venden que un político es tal cosa o nos pintan tal imagen de un actor, de alguna manera nos imponen un relato, una visión sesgada del mundo, cuyo fin es manipular en beneficio de ciertos intereses. El periodismo juega un papel relevante en esto. Como un ejercicio contra el poder, debería combatir estas imágenes planas que nos quieren imponer sobre ciertos líderes. El problema es que con frecuencia los medio responden a intereses particulares: más que un ejercicio contra el poder, son un poder en sí con sus propios intereses. Así, millones quedamos expuestos ante un desfile de anuncios publicitarios vendidos como noticias, reportajes, discursos, ideologías: todos queriendo nuestra atención, queriendo comprarnos.

Por eso, retomo, el arte –genuino, honesto– acaba siendo el camino más contundente para darle más dimensiones a la realidad. Una novela histórica, una película, una canción, no son muestras fácticas de un suceso, pero tienen la capacidad de conmocionar y abrir la mente de los espectadores a nuevas perspectivas. Al final, no importa si tal o cual presidente hizo o no lo que se escribió en tal novela, sino la imagen de él que se construye en el relato.

Siendo un enamorado de la literatura de no ficción, disfruto mucho escribir y leer esa mezcla de perfiles-semblanzas-crónicas-relatos-historias-llámelas-como-quiera-no-me-importan-los-géneros en los que el foco se pone sobre un ser humano en particular y existe el compromiso ético de no falsear los hechos.

Cuando esto se hace desde una perspectiva literaria –y no necesariamente periodística– es fácil rastrear la visión del autor, sus obsesiones y por qué le apasionó la historia de un particular. Y a través de esa visión –que puede estar bien o mal lograda, pero lo importante es que sea honesta y responda a criterios artísticos– se erigen relatos que difieren de los castillos y pajaritos que pintan desde el poder. Se humaniza a la figura pública, se muestra sus diferentes dimensiones; y, también, se capta la belleza de la épica cotidiana de quien no aparece en los focos ni en los diarios, ese que algunos llaman el ciudadano común.

Estas historias se abstraen del tiempo, se tatúan en el espacio atemporal del arte, y transmiten perspectivas a través de las emociones que nos interpelan, enriquecen y permiten cuestionarnos. A su vez, y como todo, acaban siendo un ejercicio político: combaten la historia única que a muchos les gustaría que asumiéramos como cierta.

La literatura, me parece, ejerce una fuerza que no es tan directa –como sí lo es un reportaje periodístico– pero sí trascendental: enriquece nuestra visión del mundo y, quizá, nos haga menos bobos y dóciles, más difíciles de engañar.

Quizá…

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Lizandro Samuel

Lector. Escritor. Entrenador y analista de fútbol. Ex editor de Revista OJO y de Foro Vinotinto.

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