julio 12, 2024

Ecuador: relato de un país convulsionado

Transcurría el 9 de enero en la conmocionada ciudad de Guayaquil por la fuga del Capo “Fito”​ líder de la banda delictiva ‘Los Choneros’ desde el año 2020. A finales del 2023 se rumoraba sobre su traslado a otra penitenciaría lo que había ocasionado la protesta de familiares de muchos presos que temían por la muerte de ellos y es que Fito se ha convertido en el eje central de todo el mundo gangsta del Ecuador. En los últimos meses la violencia se ha intensificado al punto que ni siquiera hay un pueblo exento del pago de vacunas. Las bandas extorsionan incluso a humildes mujeres ecuatorianas que preparan sus desayunos de tortillas y bolones de verde y a las venezolanas que venden empanadas, en una economía donde el ahorro es una ilusión a pesar de correr la divisa americana a diario entre los dedos.

En esta economía casi detenida y con una violencia espeluznante, avanzaba el día en la enorme ciudad portuaria del Ecuador entre asaltos, secuestros y amenazas transmitidos por las diversas redes sociales a través de los celulares de policías y delincuentes con una sola finalidad, hacer retroceder al nuevo presidente electo del Ecuador, Daniel Noboa, en su propósito de acabar con la impunidad de las bandas delictivas articuladas a través del narcotráfico. Las mafias, acostumbradas a mover el ajedrez a su antojo en los gobiernos anteriores, pretenden aterrorizar al nuevo presidente, pero este responde con una contundente acción tras decretar el estado de guerra y el toque de queda. Se militarizan de inmediato las grandes avenidas, los suburbios y los barrios. Mientras transcurren estas acciones la gente corre aterrorizada para encontrarse con sus familias ya que el decreto se lleva a cabo en pleno día. La escena me hizo recordar, en parte, a la tarde en la que iniciaba el Caracazo luego de los saqueos perpetrados en Guarenas el 27 de febrero de 1989, con la diferencia de los actores que participaron: bandas delictivas con acciones llevadas a cabo por jóvenes y menores de edad con armas largas que disparaban sin importar el objetivo en forma desorganizada y contra un cuerpo militar y policial que actuó de manera inmediata. Sin embargo, la acción de las distintas bandas fue concertada llevando a cabo asaltos simultáneos en distintas poblaciones de la costa como Guayaquil, Manta, Machala e incluso en la capital.

En este cuadro entré a la ciudad con la ilusión de trabajar. Sabía lo que pasaba en la ciudad pero no el grado de la explosión que acontecía. Además de vivir en las afueras y tener que apagar el celular al subir al autobús para guardármelo entre la ropa interior y no perderlo entre los continuos asaltos a los colectivos que caracterizan el día a día a este país desde hace varios meses para acá. La idea era trabajar y regresar con mi esposa en el auto con el cual ella se traslada a trabajar saliendo de nuestro hogar a la 6:00 de la mañana. Al llegar a una de las arterias viales que comunican con la perimetral era imposible subir al siguiente colectivo por estar la ciudad en caos. Los camiones de militares pasaban repletos de armas de guerra, los buses se devolvían, hacían bajar a los pasajeros para tomar atajos ya que las bandas disparaban a los colectivos. Los autos chocaban de la desesperación y brillaban por su ausencia los vigilantes de tránsito. En medio de este caos pude tomar un taxi por puesto que me llevaría a un sitio ubicado a unos tres kilómetros, donde me encontraría con mi esposa y poder regresar. Junto a mí, subieron tres mujeres y tomamos rumbo a la Avenida del Bombero en el sector Los Ceibos; allí decido encender el teléfono y me doy cuenta que unos delincuentes han tomado un canal de televisión y que la ciudad está asediada. Ya listo para llamar a mi esposa faltando un par de kilómetros, nos sorprende un tapón de tráfico y empezamos a observar cómo los carros se devolvían y otros bajaban de los mismos y corrían. Estábamos llegando a un puente justo en frente de un colegio y apenas a unos 30 metros donde se desarrolla una balacera.

El conductor muy atento y tranquilo ante lo que ocurría. Sus canas representaban más de setenta años y nos comentó haber pasado por situaciones similares durante la guerrilla urbana de los ochenta. Mientras se escuchaban las detonaciones, la policía pasaba al lado de nuestros vehículos disparando a los terroristas ubicados en la parte superior del puente. 

Muchas mujeres dejaban sus carros parqueados en la avenida y corrían a esconderse en el colegio y en una urbanización vecina, unos pocos hombres aprovechaban para hacer tiktok como si se tratase del último acto trascendental de sus vidas. Yo escribí al grupo de mi familia como un posible mensaje postrero, mientras algunos corrían con una chica colegiala ensangrentada hacia la urbanización vecina. A mi derecha una mujer rezaba ‘Dios te salve María’, y a mi izquierda invocaba al poder de Cristo. Mientras tanto, yo, callado, en el medio, invocando al Altísimo. Así transcurrieron unos 45 minutos hasta que la policía empezó a dar órdenes de continuar mientras los terroristas estaban boca abajo en el piso.

Empezamos a rodar rumbo a nuestro destino en tanto que llamaba a mi esposa para decirle que estaba llegando.  Mientras lo hacía recordaba una situación ocurrida en Caracas hace más de ocho años, en la cual fuimos parte de un asalto donde un policía vestido de civil nos salvó disparando al delincuente en la pierna, en tanto que lo inmovilizaba y ordenaba que continuáramos por nuestro camino. Ese día juré salir de mi país rumbo a otro más seguro, Ecuador. De nuevo otros policías han intervenido para salvar nuestras vidas y dejarnos continuar camino. Hoy agradezco al Eterno y Bendito mientras me pregunto cuál ha de ser el siguiente destino.

Fernando Rivas Mejias

Internacionalista, cantante de ópera y caricaturista nacido en Caracas, Venezuela, radicado en Guayaquil, Ecuador desde 2015. Ha sido colaborador y columnista en diversos periódicos venezolanos como El Nacional y El Universal así como en diversos medios de comunicación de Venezuela y el extranjero.

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