abril 3, 2025

La encrucijada de la izquierda

La izquierda teórica y la izquierda política están en una encrucijada argumental y programática, pero sobre todo ética. Una sin la otra no puede existir y por eso lo existencial del dilema. Las hipótesis y formas de entender al mundo le dan a los agentes, actores y partidos políticos, ideas, justificaciones y líneas gruesas para la acción. La notoria teoría de la praxis combinará entonces pensamiento político y acción política; lo que no queda claro es si sus audiencias estén aceptando ciegamente, lo que se les plantea como realidad social.   

Ya aparecen una serie de autores y voceros que tratan de desmarcarse de los aliados circunstanciales del proyecto izquierdista. Si bien es cierto que la variedad de propuestas proviene de numerosos grupos y enfoques, eso no quiere decir que no existan al menos dos grandes grupos dedicados a pensar de forma planificada, y luego actuar de manera táctica. Por un lado y a grandes rasgos tendríamos a los comunistas clásicos y por otro lado a las izquierdas más democráticas.

Agendas y versiones

La agenda Woke y la alianza temporal con el proyecto globalista (junto a las izquierdas europeas y norteamericanas) pareciera haberse deshecho frente a nuestros ojos; no soportó ni siquiera el mediano plazo.

Por otro lado, los distintos grupos históricos conformados por radicales, los anarquistas, la Nueva Izquierda y el Neocomunismo se enfrentan a grandes pensadores y ciudadanos que ya entienden sobre los peligros de la nostalgia distorsionada del estalinismo soviético, del castrismo cubano, de enfoques a lo Pol Pot y hasta de la misma revolución cultural maoísta, criticada por sus propios herederos políticos. Los filotiranos y los liberticidas sin duda se reconocen a la distancia y no hay nada más totalitario que una sola línea de pensamiento. Los fundamentalismos religiosos también han dejado de tener simpatías, sobre todo luego de sus excesos en el Medio Oriente y Europa.

El modelo chino post Mao (para muchos híbrido, para otros revisionista, para otros simplemente capitalista autoritario) solo puede explicarse por medio de teorías del poder y no por un simple adoctrinamiento ideológico. El partido y el capital financiero se revelan verticales y con una serie de canales diseñados para el ingreso de un cierto tipo, número y características personales. Muchas veces sus métodos lo relacionan con modelos eugenésicos y de control social más cercanos a Gobineau y Malthus, que a la filosofía de Confucio o a los protocolos intuitivos estructurados en el I Ching.

Las grandes preguntas siguen vigentes

No solo son los militantes quienes naturalmente se vuelven críticos, son los propios beneficiarios de las políticas que generan más clientelismo y menos independencia. Las disparidades hirientes constantemente denunciadas para invocar la justicia social se muestran diariamente en entornos supuestamente revolucionarios. Así la cosas, muchas interrogantes surgen por sí solas y son de utilidad para cualquier debate:

 ¿Por qué cierta nueva izquierda dejó de hablar o de intentar resolver el tema de la pobreza?

¿Por qué el sujeto revolucionario no es el real socialmente determinando por sus propias condiciones antropológicas y culturales, si no uno modificado por el transhumanismo y el post humanismo?

¿Por qué se oculta la práctica de monarquías familiares dentro de los aparatos de poder del comunismo contemporáneo?

¿Por qué se oculta que el modelo chino es exitoso a partir de ser competitivo económicamente? ¿Por qué se desvía la atención (vía los insistentes de turno) de un mercado que se autorregula en la oferta y la demanda; y que en la práctica cada líder del PCCH es dueño de cuotas accionarias de ciertas empresas de capital mixto?

¿Cómo convencer a nuevas generaciones y personas cuyo sentido común le recuerdan que la redistribución del ingreso no solo es ineficiente, sino que además muchas veces es inexistente?

¿Cómo creer como cierto, cuando nuestros ojos (vía necesidades y experiencias) nos dicen lo contrario?

El olvido socialdemócrata

La izquierda racional ha sido progresivamente colonizada por versiones más ortodoxas a la crítica del sistema político y económico actual. Mucho de su actuación se ha enfocado en silenciar el reformismo (revisionismo) de Eduard Bernstein y de una cantidad de plumas con interés práctico como pueden haber sido Víctor Raúl Haya de la Torre, Rómulo Betancourt, Anthony Giddens, Joaquín Estefanía, Jon Elster, entre muchos otros socialistas, comunitaristas, neocontractualistas y socialdemócratas que entendieron que Estado y mercado deben trabajar juntos   en equilibrio colaborativo para promover, al final del día una sociedad no robotizada.  

¿Hacia una nueva marxología?

Pareciera que por delante muchos deberán tomar el toro por los cuernos de sus responsabilidades y objetivos. Posiblemente, será una labor intelectual de la marxología (y de todas las variedades de marxismos) que utilicen al pensamiento político contemporáneo para analizar, deconstruir y procesar a todo modelo que se valga más de la propaganda para ideologizar y adoctrinar, en lugar de producir resultados reales y no cifras o distracciones audiovisuales.

Por encima de la tan manida dirección compartida de lideres y pueblo el siglo XXI se debate entre las fake news globales más cercanas a las pesadillas previstas por George Orwell, que a las metas productivas claras de los países y sus nacionales. Estos últimos, están en medio de una lucha comercial entre gigantes, una lucha que al parecer cada vez parece menospreciar más a las personas al convertirlos en votos, datos, números, bits y bytes reflejados en una pantalla al alcance de la mano del poder.

@ortegabrothers

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Joaquín Ortega

Joaquín Ortega es el Editor en Jefe de Hilos de América.

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