mayo 21, 2024

Maneras de amar. A propósito de Playa Paraíso de Gabriela Román

Nadie sabe cómo se debe amar. Cada persona es incomparable y se aprende en el trayecto. Por eso, proteger en todo momento, también es una forma de control absoluto. El amor humano avanza sobre el filo de la navaja, porque lleva un gen totalitario en su ADN: velar desde lo profundo de los sentimientos nos obliga a custodiar el sueño del amado, lanzándonos a un mercado que solo vende insomnio.

Sabiduría callejera

Hay que amar a quien prostituyes. Esa es la primera lección de un proxeneta. Harvey Keitel, al explorar matices para su personaje en Taxi Driver (Martin Scorsese. EUA. 1976) se dedicó a extraer de Pimps reales motivaciones, estética, contexto humano y proxémica callejera. En Playa Paraíso, es una mujer quien estudia a la clientela y cuida su rebaño para el placer y la compañía. También es una mujer quien pretende olviarse de la rutina y nos sorprende lo mucho lo que se puede decir equivocándose. El error es el acto fallido de aquello que realmente apetecemos. En los desencuentros (y en el tira y encoje) se entrelaza toda la tensión erótica, que necesita de un entorno romántico, para poder finalmente consumarse y dejar de ser fantasía.

Ésta historia habla de la soledad de un niño en la calle, más no de la calle. Nos rebota en el rostro con un grupo de estrategias de supervivencia frías y distantes, pero que hemos dejado de registrar conscientemente por miedo a la responsabilidad. Siempre es más fácil ver para otro lado, porque ya es suficiente el dolor propio para agregar uno al que ni remotamente lograremos darle la vuelta. Como si levantáramos capas de distintos dolores, cada nueva escena nos asoma un nuevo abismo: el abuso que significa el amor a destiempo, la iniciación sexual temprana, el destino único del que sufre visión de túnel, la aventura circular del maltrato, la ficción del Estado protector, la oferta fría del mercado, la indefensión y el hambre.

El negocio y el arte

Como el gran negocio (que es y siempre ha sido) emerge ese entorno que resguarda y que cela a la mercancía; en medio de tanta realidad y con las herramientas a mano el Pimp siempre sabe el paradero de su fuerza trabajo.

La estrategia artística de la mejor dramaturgia es siempre descriptiva: hace sugerencias para la puesta en escena con indicaciones y propuestas visuales. Progresivamente será el gran ensamble de dirección y actores (quienes con ciertas características y tonos) harán que ese texto-partitura sea tocado por los humanos quienes le pondrán voz, carne y movimiento al mundo recreado sobre las tablas.

Playa Paraíso es una obra donde se pierde y se recobra la confianza en las personas que en los pasillos nos cruzamos, es una invitación al erotismo luctuoso, que obliga a abrazar más y a juzgar menos. Allí el dolor y el alcance de esa forma de vida (que es negocio para tantos y que se termina normalizando en tiempos de satisfacción inmediata) nos obliga a contar el dinero que tenemos en los bolsillos a ver si en algo, podemos ayudarlos.     

Hablemos un poco de María

María es una mujer cruzada por tantas contradicciones personales, que la vacación diseñada para el orgasmo y el olvido, se convierte en un abrebocas a los artificios del comercio, es como una ofrenda automática a los dioses del engaño. “Vender esperanza”, es lo que ha hecho siempre. Así la ausculta muy bien John; otro personaje refractario a la bondad y de quien tempranamente intuimos que no viola la luz del semáforo, no porque no quiera, sino por el temor a la multa.

La olas nos mueven entre las acciones sin tener que prestarles atención. Es una corriente que nos encrespa y nos lleva de la superficie a las profundidades. Es un proceso que se agita entre mesas, camas, arenales y ofrece la distancia mínima que significa una vacación: se goza sin agenda, pero se retorna a la repetición. El asueto es un efímero instante (valga lo reiterado) en donde se es rico por un lapso breve de tiempo: contemplado como una Saturnalia de baja intensidad…un carnaval de chifladuras… o por el contrario o una cura de sueño y responsabilidades que nos traen al cuidado materno: dame, porque lo merezco, ya sea en clave de hedonismo, narcisismo o simple infantilismo.  

Martha, Chucho y un tal Pixote

Sin reservas, Playa Paraíso toca una cantidad de notas disonantes dentro de un piélago de acordes armónicos. No hay mengua en éste mar picado por pasiones pésimamente gestionadas. Incluso, hasta en los reclamos la casuística criminal responde como si no se hubiese roto un plato: “hay muchas formas de amar, chicana de mierda”, comenta Martha la madre, matrona, madama de un burdel a cielo abierto.

La visión del Pimp femenino (porque las mujeres “cuidamos”, llega a decirle Martha a María)  le da a ésta obra una disposición a que no sintamos que todo está perdido, que incluso en el crimen la mano que mata, también puede acariciar y por lo tanto no todo es tan malo. Noche y día de brújulas rotas, que nos siembran la loca idea de que naufragar es mejor que  no tener puerto donde lanzar amarras. Y en ese contrapunto de baños de verdad sobreviene discusiones sobre el embarazo y la maternidad, la vejez y la propia necesidad afectiva. Así como Pixote (Hector Babenco, Brasil. 1980) bebía de aquel seno de una prostituta deshecha por la muerte; ese desamparo  unido a la ceremonia del oficio sexual terminan por convencer a los cuerpos de hacer lo que es  protocolo y pulsión a la vez.

A pesar de todo, el niño, Chucho se acicala, se viste mejor, juega y ríe. Vuelve a ser lo que debe ser, aunque su edad no se compagine con su biografía. La misma mano que lo dispone para el consumo personal, lo ha acicalado para un próximo papel.

Vuelve María

María repite: “sesenta metros cuadrados sin violencia” esa es la promesa. Una oferta transversal que no es ni mentira ni verdad, es simplemente una expectativa. Ella al igual que sus clientes citadinos ha sido víctima de otro tipo de compra venta. Desconsuelo, precio y entrega de la mercancía humana. Encadenadas en Playa Paraíso regresan imágenes hermosas, que dejan que nuestro ánimo recupere compostura, cuando una distracción frente a un juego de video, hace al niño otra vez un niño.

Playa Paraíso cóctel de olores y heridas sin cicatrizar. Una frase imponente, de poesía instantánea: “todos somos un “sí” dentro”.

Soledad, necesidad, locura, celos. Playa Paraíso es un tratado de los corazones arrinconados y de los cuerpos que los hospedan dentro.

Playa Paraíso. Gabriela Román Fuentes. Fondo Editorial de Querétaro. 2020. Premio nacional de dramaturgia Manuel Herrera, 2019.

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Joaquín Ortega

Joaquín Ortega es el Editor en Jefe de Hilos de América.

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