febrero 19, 2024

Pipo, el Niño Lobo

Pipo, el niño lobo, vive felizmente en un penthouse de lujo decorado al mejor estilo barroco americano, acompañado siempre de Arnulfo, el mejor de sus amigos. Pipo se ejercita mordiendo los muebles de Hervigon y las cortinas de poliéster, para así mantener a punto sus colmillos alineados por la magia de la ortodoncia. Pipo se corta el pelo en la barbería Luna, ubicada en Santa Mónica, y su barbero le regala siempre un caramelo de pulpa negra para que se entretenga mientras lee la última revista Hola (a Pipo le gusta mucho Doña Leticia…) Pipo y Arnulfo visten trajes a la medida cortados por el famoso sastre masculino Giovancarlo y nunca salen de su cubil sin hacer gárgaras de horchata con fragancia Musk, de Jovan. Pipo y Arnulfo acuden todas las tardes al Parque Italo-Americano para subirse a los juegos mecánicos y disfrutar de algodones de azúcar y mantecados Dolomiti. Pipo es muy celoso de su intimidad y su vida privada, así que solo asesina niños en noches sin luna, para que nadie, ni siquiera Arnulfo, pueda verlo. Pipo se muestra insaciable llegada la hora de la masacre, y es capaz de resistir más de ciento cincuenta balas de alto calibre en su cuerpo antes de desplomarse (cosa esta por demás improbable) Pipo goza además de una bien merecida reputación entre la comunidad de licántropos asesinos, y es referencia obligada y materia de estudio para todos los jóvenes lupinos que se inician en esta hermosa carrera en pos del miedo. A Pipo le gusta como canta Roberto Carlos. En ocasiones, Pipo se entristece un poco por no tener muchos amigos, y los domingos por la tarde, mientras Arnulfo duerme la siesta, abre una por una sus cajas de música, que esconden diminutas bailarinas danzantes (las colecciona) y llora, muy calladito, su desventura. Pipo, el niño lobo, sabe muy bien que el aullido, al igual que la procesión, se lleva mejor por dentro.