mayo 21, 2024

El mal es impío

El futuro no pinta demasiado bien. Pero el presente tampoco. La suerte de los venezolanos parece echada en las fauces de un totalitarismo perverso, voraz, depredador, ambiguo y muchas veces difícil de resolver por su sistema de acertijos y silencios. No digamos la locura del terrorismo fundamentalista que amenaza con consorciarse para destruir la única democracia del medio oriente. O esas nuevas “invasiones bárbaras” que recorren caminos y mares para imponer de a poco una nueva cultura donde pocas opciones tienen las mujeres, los niños, la diversidad y el laicismo. Nuevas versiones de la consigna “o crees o mueres” nos devuelven, como si se tratara de una pleamar, el esfuerzo de las cruzadas, ahora trastocadas las cruces por la media luna islámica.

Y la consecuente estupidez del buenismo. Los mensajes de abrazar como hermano al que nos odia a muerte, la incomprensión económica que aspira a una repartición injusta entre los que, mediante sudor e impuestos, sostienen a duras penas modelos de bienestar social muy convenientes, y los que llegan, así como así, exigiendo derechos y esperando su momento para realizar una venganza civilizacional.

La imbecilidad que aludimos tiene una infinita capacidad de mutación. A las consignas del papa peronista – socialista habría que añadirle la de los soñadores que alucinan con una condición humana irreversible a la barbarie y determinantemente buena. Ya va llegando la hora de cambiar de espejo. ¿Sociales por naturaleza o por las exigencias de la necesidad de sobrevivir? ¿Colaboradores o taimados? ¿Solidarios o presas fáciles de las corrupciones del poder? El mal está encarnado en las decisiones humanas, sus vilezas, sus ambiciones, su prepotencia, sus ganas de poseerlo todo, pero sobre todo, lo que es del prójimo.

De allí que se me ocurrió que el mal es impío. Y si, es de Perogrullo. No podía ser de otra manera el resultado más conspicuo del libre albedrío. Algunos pueden decir que el término “impío” es un anacronismo. La gente se puede imaginar esa palabra proferida por un monje inculto de la edad media, mientras rociaba con agua bendita lo que parecía una hereje y realmente era una pobre muchacha, tal vez inexplicablemente bella, inteligente e indócil, lo que la hacía necesariamente culpable de un pacto demoníaco para encender los ardores de los hombres de hábito.

Pero es que el mal contemporáneo, masivo y con vocación de exterminio del otro es también irreverente y despectivo hacia lo sagrado, lo religioso o lo divino. El mal necesita destruir cualquier sentido de espiritualidad, trastocarlo en odio, transformarlo en resentimiento para que cualquier cosa pueda ocurrir sin que la sociedad se asombre.

El mal tiene sus temas. Ahora promueve el aborto y para eso ha construido una falsa filosofía de la muerte como principio irrenunciable de la libertad y el individualismo. El mismo mal que ha proliferado en una cultura del descarte del que piensa diferente. Y que se afirma en la velocidad, que es lo mismo que decir irreflexibidad. El mal que promueve como buena idea el argumento cada vez más fino que busca salir de los ancianos mediante opciones aparentemente benignas para terminar acelerando el tránsito al más allá de los que ya no tienen fuerzas. Y es que, el hombre despojado de su alma, desalmado, se convierte en eso irreconocible que no necesita demasiadas excusas para exterminar a los otros.

Vivimos una experiencia adolescente de la sociedad. Juguetona, insensata e incapaz de verse a si misma con las exigencias de la madurez.  Demasiado permisiva en lo virtual y demasiado superficial en la realidad. Hobbes primero, Jung después, vieron el mal desenvuelto cuando las instituciones morales se desplomaron de sus épocas y permitieron el pleno despliegue de las ganas abyectas que transforman por interacción, no necesariamente intencional, la vida de todos en una experiencia brutal.

El mal necesita gente desalmada. Y la encuentra en cada esquina porque ya no nos interesa formar hombres y mujeres de bien. La sociedad ha perdido su sentido que era la enculturación en valores trascendentales. En ausencia de esa coraza espiritual el mal organiza sus embestidas y constituye movimientos e ideologías sobre las que luego cabalgan para destruir el orden social y la precaria paz que permite la convivencia de los diversos. El mal necesita acabar con la política y sus reglas para regir en un mundo desolado y desolador. Y lo va logrando, porque el mal no tiene apuro y si tiene mucha capacidad de seducción.

¿Y el bien? Esperando inmóvil la parusía. Contrariado por la vigencia de falsos profetas. Invadido de un pendejismo pontifical que, para colmo, luce eterno.  La pregunta no tiene una respuesta cómoda. Todos los líderes que decidieron dedicar su vida a encarar el mal que experimentaron se plantearon siempre lo mismo: ¿Por qué si los buenos parecemos mayoría, estamos sometidos por el mal? Tal vez porque para combatirlo hay que usar las mismas armas, rompiendo de paso la regla de que no se puede llegar a fines buenos, usando medios perversos.

El mal ha aprendido a embestir. Ya no es tan fácil intentar la desobediencia civil, porque ella se basa en un mínimo pudor del contrario, un mínimo sentido del honor, una minúscula impugnación moral sobre lo debido e indebido, que el mal ya no exhibe. Las armas del bien tienen que ser más sofisticadas. Mucho más precisas y arteras, y entender que la mejor forma de enfrentar al enemigo es con sus propias armas. Sin dar cuartel, sin intentar una absolución buenista, amparados por la justicia y motivados por la posibilidad de dar buena vida a muchos, aunque eso les cueste a algunos la salud del alma. En suma, hay que volver a Maquiavelo, sin asquito, sin asombro. Hay que contar con estadistas experimentados en la razón de estado. Hay que volver a los valores. Y dejar esta algarabía de frases vacías que no nos van a llevar a ningún lado, mucho menos hasta el final.

Víctor Maldonado C.

Egresado de la Universidad Central de Venezuela como Licenciado en Estudios Políticos y Administrativos. Maestría en Desarrollo Organizacional en la Universidad Católica Andrés Bello. Profesor de Pregrado y Postgrado en la Universidad Católica Andrés Bello durante más de 15 años. También fue profesor de postgrado en la Universidad Metropolitana y en la UCLA. Actualmente dicta las cátedras de Opinión Pública y Comunicación Política y Persona y Bien Común en la Universidad MonteÁvila, Venezuela y de Organización Política y Liderazgo en la Universidad Hosanna, Panamá.

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