abril 12, 2024

El flautista

—¡Cuidado! No sigan excitando mi cólera porque darán lugar a que toque mi flauta de modo muy diferente.

El flautista de Hamelin

La única respuesta que recibió fue un grave sonido. Jesús Chucho Pérez Angulo movió la cabeza con lentitud en ambos sentidos intentando ubicar de donde provenía la música, y eso fue un agudo error, porque la música continuó con melancólica cadencia y sin poder evitarlo su cuerpo se paralizó por completo. Entonces, poco a poco, su mano derecha, la que tomaba la pistola, fue subiendo sin pausa con cada nota. Con un tembloroso esfuerzo, logró a su vez mover la izquierda, repitiendo el trazo de la diestra, ambas manos elevándose con antagónicas intenciones, ambos brazos doblando el codo a la misma altura. Con lentitud, la derecha fue acercando el arma hasta sentir el frío roce acero de Sinforosa en la sien, la izquierda por su parte alcanzó a palpar su propósito. Cuando, de pronto, se escuchó un disparo.

***

Siete de la mañana de un domingo cualquiera. El judicial Jesús Chucho Pérez Angulo dormía una pesada borrachera, cuando de pronto sintió que alguien lo zarandeaba con fuerza. Al abrir los ojos e intentar tomar de la mesa de noche a Sinforosa, su Beretta 9mm, se encontró cara a cara con López, su compañero, quien sosteniendo la pistola lo observaba con burlona mirada.

—Venga, capi, a despertarse. Apareció otra puta muerta y Contreras nos asignó el caso. Así que yo lo siento mucho, pero se le fregó el domingo.

—Coñoelamadre, López, uno de estos días te voy a meter un tiro. ¿Cómo carajos me haces esto? Además, si ya está muerta, ¿qué coño podemos hacer tú y yo, compadre? Ese inútil de Lázaro siempre con sus idioteces.

Como pudo, logró incorporarse. Apartó con los pies todo el reguero de ropa, cajas de pizza, botellas y latas que rodeaban su catre. López aprovechó el momento para comentar:

—Carajo, capi, voy a llamar a sanidad a ver si te clausura este mugrero. Con suerte te llevan a ti entre toda esa jodida basura.

—Sí, López ya sé, tú y tu inmaculada vida. Mándame a tu esposa pa que limpie.

López no se perturbó con el comentario de su jefe, ya eran demasiado años de trabajar juntos y se sabía además de memoria todo el infierno que Chucho Pérez llevaba en la cabeza. Aun a pesar de tanta locura, Pérez era el mejor detective de toda la policía judicial.

Luego de algunos minutos en los que apenas alcanzó a medio asearse, tomó la primea camisa, un pantalón y un saco que encontró en una montaña de ropa tirada en el suelo. Se metió dos pases de perico, bebió en tres tragos el café que López le traía y bajaron en silencio hasta la calle. Ya en la patrulla López, como de costumbre, arrancó picando caucho.

La fresca mañana del domingo golpeó el rostro de Pérez dándole la bienvenida a Caracas. El tráfico era escaso, sin embargo, el semáforo los detuvo en la esquina de siempre, donde un predicador se paraba cada día con su bocina a repetir de manera interminable salmos de la Biblia. Pérez acomodó lo mejor que pudo su aparato de audición, herencia de una meningitis que hace un año le dejó una sordera absoluta en su oído derecho y un mínimo de audición en el izquierdo, y giró la cabeza para escuchar mejor las palabras que el evangelista recitaba:   

—Job 30:31: “Se ha convertido en duelo mi arpa, y mi flauta en la voz de los que lloran…”

Al cambiar la luz, López arrancó de golpe y él maldijo en voz baja mientras se acomodaba de nuevo el audífono que por poco se le cayó por la ventana del carro.

Llegaron a la escena del crimen y ya había varias patrullas, una camioneta de la morgue y, por supuesto, una considerable cantidad de curiosos que se apretujaban con la intención de ver algo que les revolviera el desayuno dominguero.

Ambos agentes se acercaron a la víctima. Se trataba de una joven de tal vez unos dieciocho a veinte años. Por su indumentaria podía presumirse que era prostituta; en los alrededores había dos o tres bares de meretrices y cuando no había trabajo, las mujeres salían a taconear la calle.

Chucho Pérez ahora se encontraba en cuclillas. La joven no presentaba ningún indicio que pudiera indicar la causa del fallecimiento, lo único que le llamó la atención fue que presentara una excesiva inflamación en ambos pies. Observó el rostro de la muchacha, era guapa, seguro tenía buena cantidad de clientes. Se acercó un poco más, como si esa cercanía le permitiera preguntarle qué le había sucedido, cuando de pronto sintió un par de golpes en los hombros. Al voltear, ahí parado en toda su majestuosidad, se encontraba Lázaro Contreras, comandante de la policía judicial, quien como película muda gesticulaba y movía los labios con enérgico enojo. Pérez tuvo que subir el volumen del audífono para darle voz al personaje y la primera palabra le llegó cortada.

—…rajo mira quien se dignó a venir, el mismísimo Jesús Pérez Angulo y su novio. Les advierto, joyitas, que esta vaina se está poniendo candela. El alcalde ya me llamó a capítulo y si me botan los arrastro conmigo. ¿Oyeron, par de dos?

Pérez lo miró sin alterarse, lanzo un beso en el aire a López al tiempo que con voz afectada dijo:

-López, Lázaro está celoso de nuestro amor. Seguro más tarde va a intentar el milagro de la resucitación con las muertas pa salvar su puesto.

Contreras enrojeció de rabia, les mentó la madre a ambos, se dio media vuelta y apartando con fuerza a los curiosos, desapareció del lugar. Entre aquellas personas estaba una anciana que les gritó a los policías:

—Yo estaba bien dormida y como a las cuatro de la mañana me despertó el sonido de una música tan sabrosa pa bailá, que hasta los pies me picaron de gusto. Pero, jumm, me voltié y ahí mesmo quedé rendida de nuevo.

***

Una semana demoró la burocracia administrativa en enviarles el reporte forense. Al compararlo con los de las tres víctimas anteriores, encontraron que eran básicamente idéntico: en ninguno de los casos la víctima presentaba golpes contundentes, alguna herida punzo penetrante u otro indicio que pudiera establecerse como causa del deceso. Tampoco había rastros de violencia sexual y los informes toxicológicos indicaban que, si bien había rastros de sustancias ilegales en la sangre, las cantidades halladas no representaba riesgo de muerte. Las tres mujeres habían fallecido por infarto al miocardio, producido presumiblemente por un excesivo, continuo y forzado ejercicio físico; a esto se debía la severa inflamación que presentaban en los pies.

Después de algunos minutos de deliberaciones, Chucho Pérez encargó a su compañero investigar en las bases de datos y registros policiales acerca del hallazgo de cadáveres de mujeres en similares condiciones.

Pérez en cambio salió esa noche a dar un recorrido por los bares de la Casanova. Luego de interminables cubalibres y pases de perico, descubrió que la difunta se llamaba Gloria y su nombre artístico era La Divina. Varias de sus compañeras de oficio le indicaron que esa noche, como no hubo clientes, se marchó al Salsabar, un club de baile cercano, con la esperanza de encontrar algún cliente entre los rumberos.

Al siguiente día, Pérez se levantó con un increíble ratón que le carcomía el cerebro. Aun así, llamó a su compañero para que le compartiera los resultados de su investigación y tal como lo había pensado, hacía algunos meses habían aparecido dos prostitutas muertas en Puerto Cabello con los mismos detalles que las de Caracas. Pérez revisó las fechas de hallazgo de los cuerpos en su calendario de la Catira Regional. Luego de mirar con atención, notó el dibujo de la luna llena en cada fecha.

—Eso es en catorce días —dijo, moviendo con narcótico gesto la mandíbula.

Días después, él y López decidieron hacer una visita a Salsabar, último lugar donde según sus colegas estuvo La Divina.  El amplio salón en plena avenida Solano estaba atiborrado de rumberos que, ansiosos, aguardaban la aparición de la banda de Dionisio y su combo, famosa por interpretar salsa brava con mucho guaguancó.

Por fin, luego de media hora de espera, sobre el escenario aparecieron seis músicos ataviados con tropicales atuendos. Un par de aquellos personajes no podían ocultar las mañas que el desvelo y el mal vivir provocan en los seres de la noche. Comenzó la música y poco a poco algunas parejas se fueron animando a bailar. La pachanga transcurría con absoluta normalidad hasta que llegó el turno del flautista, el mismísimo Dionisio. En ese momento sucedió algo increíble, el hombre tocó un trío de notas con su instrumento y fue así cómo, cual si hubieran recibido una orden irrefutable, todos los presentes comenzaron a bailar. Los primeros fueron los músicos de la orquesta, quienes pasaron de un simple y rítmico vaivén a ejecutar una guapachosa coreografía. A ellos se sumaron los meseros, cantineros, personal de limpieza, vigilantes, porteros, el gerente del negocio, la gente que no bailaba, incluso ambos policías. Todos, absolutamente todos comenzaron a danzar de manera incontrolable al son de la flauta.

Luego de minutos de desenfreno, Chucho Pérez logró con mucho esfuerzo mover el brazo para apagar su aparato de audición y, como por arte de magia, sus pies dejaron de zapatear. En ese momento comprendió la magnitud del poder que aquel músico lograba con su instrumento. Fingió entonces seguir bajo el embrujo de la flauta hasta alcanzar una esquina apartada del local. Desde ahí continuó absorto, contemplando la demencia desatada a su alrededor. La gente bailaba como loca por toda la sala, hasta el mismísimo López, que siempre había dicho tener dos pies izquierdos, brincaba delirante al frente de un trencito formado por los rumberos. Por fin el flautista dejó de tocar y casi de inmediato la gente se detuvo. Por varios minutos se respiró en el ambiente una sensación de haber abandonado un estado de trance, los bailadores se miraban entre sí con rostros de asombro. López caminó hacia él con pasos inseguros y al llegar a su lado lo único balbuceó fue:

—Jesús, tú lo viste todo ¿verdad, hermano? ¿Qué coño me pasó, compadre?

Él no le contestó, solo miraba con fijación al flautista mientras que en su cabeza sacaba la cuenta de los días que faltaban para la próxima luna llena.

Al reunirse a la mañana siguiente, el pobre López se quejaba del fuerte dolor que tenía en los pies, mientras tanto, ya Jesús Pérez había investigado al tal Dionisio y confirmó que la banda también había tocado hacía algunos meses en una tasca de Puerto Cabello. 

A partir de ese instante, Chucho Pérez se volvió la sombra del músico. Instaló un GPS en el carro del sospechoso y desde su celular revisaba todos y cada uno de los viajes que Dionisio realizaba. Pasó diez intoxicados días y noches vigilándolo, pero en ninguna circunstancia el solista hizo algo que pudiera detonar una señal de alerta. Muy al contrario, su rutina era tan predecible y aburrida que Chucho Pérez llegó a pensar que tal vez sí se había equivocado; peor aún, en algún momento consideró que toda aquella historia de flautistas mágicos, bailes incontrolables y putas asesinadas era otro delirio más de su mente. La décima noche de vigilia, se sintió desolado y acarició con suavidad a Sinforosa. La noche antes de la Luna llena, sintió tantas ganas de terminar con todo, pero en el último momento apareció el rostro de aquella joven asesinada en su cabeza, cerró los ojos, respiro profundo varias veces y tras varios minutos ahuyentó aquellos pensamientos oscuros de su mente y susurró, “mañana es el día”.

La noche siguiente ambos policías visitaron de nuevo el Salsabar, y se acomodaron en un lugar discreto del salón. López llevaba unos tapones en los oídos para evitar cualquier posible bailoteo. De nuevo, al igual que en la visita anterior, se repitió la misma rutina, solo que en esta oportunidad y tal vez por aquello de los presagios, el flautista se esmeró extendiendo su interpretación por más de treinta minutos. Al concluir, los bailadores cayeron exhaustos en los sillones del lugar y pidieron grandes cantidades de bebidas para aplacar la sed. No faltó alguno que estuvo a punto de desmayarse, pero la actuación oportuna de los meseros evitó que pasara a mayores. La orquesta aprovechó todo el jaleo para anunciar veinte minutos de descanso antes del segundo set.  

Ambos policías aguardaron con paciencia, pero cuando regresó la banda no apareció el flautista, Chucho Pérez consultó al encargado y el tipo le dijo:

—Jefe, el Dioni tuvo que irse por un asunto personal, pero usté tranquilo, que el resto de la banda también es candela pura.

Dejaron al gerente con las palabras en la boca y corrieron al carro. En el camino, Pérez iba revisando la señal del GPS en su celular mientras ajustaba el audífono en su oreja; el trayecto los condujo a un recóndito edificio abandonado en lo más alto de San Bernardino. Entraron cautelosos al lugar, Chucho Pérez escuchó por un brevísimo instante el sonido de la flauta, y al asomarse pudieron ver una luz que proyectaba la sombra de una mujer que bailaba sin parar.  Ambos agentes fueron subiendo con sigilo. Estaban a punto de sorprender al flautista, pero un tropiezo de López hizo caer unas tables. El músico detuvo en seco su interpretación. Ambos policías, ya descubiertos, corrieron hacia el flautista, quien empujó a la mujer con fuerza contra ambos policías y huyó escaleras arriba.

Pérez le dijo a López que pidiera refuerzos y se quedara protegiendo a la mujer que acababan de rescatar, y él salió tras el asesino con la mayor rapidez que pudo. En el camino tropezó varias veces con montones de basura, lo que le permitió al flautista sacarle una considerable ventaja. Por fin llegó jadeando hasta la puerta que daba acceso a la azotea. Empujó con cuidado y al pasar apuntó en todas direcciones con su arma y gritó:

—¡Dionisio, ya se te acabó la pachanga, compadre! ¡Terminemos con esta mamadera de gallo de una vez!

La única respuesta que recibió fue un grave sonido. Jesús Chucho Pérez Angulo movió la cabeza con lentitud en ambos sentidos intentando ubicar de donde provenía la música, y eso fue un agudo error, porque la música continuó con melancólica cadencia y sin poder evitarlo su cuerpo se paralizó por completo. Entonces, poco a poco, su mano derecha, la que tomaba la pistola, fue subiendo sin pausa con cada nota. Con un tembloroso esfuerzo, logró a su vez mover la izquierda, repitiendo el trazo de la diestra, ambas manos elevándose con antagónicas intenciones, ambos brazos doblando el codo a la misma altura. Con lentitud, la derecha fue acercando el arma hasta sentir el frío roce acero de Sinforosa en la sien, la izquierda por su parte alcanzó a palpar su propósito. Cuando, de pronto, se escuchó un disparo.

Segundos después una mancha de sangre apareció en la camisa de Dionisio Aranguren Ceballos, alias El Flautista, quien, con torpeza, dio un par de pasos antes de desplomarse en el suelo.

Luego de algunos instantes de renacimiento, Chucho Pérez se arrodilló y recogió del suelo el audífono que en el último segundo logró arrancarse de la oreja. Al colocárselo de nuevo, oyó el ruido de las patrullas que se acercaban y también la rabiosa voz del flautista que dijo:

—Maldito detective, no eran más que unas sucias ratas…

Él solo se limitó a apagar el audífono y se hizo el silencio.

Este cuento fue originalmente presentado en uno de los talleres de narrativa de Fedosy Santaella. Posteriormente ha sido revisado por el autor.

Maximilian Jecklin

Nacido en Caracas el 1 de noviembre de 1967. Egresado del Instituto Superior de Mercadotecnia (I.S.U.M.), con el título de Administrador mención mercadeo y publicidad. Gran aficionado a la música clásica, al rock progresivo y a cuanta expresión musical extraña se encuentre en el camino, así como ávido lector de novelas especialmente el género histórico. Solo a partir de la obligada pausa pandémica, comenzó la inquietud de escribir. Desde entonces y hasta la fecha ha participado en tres talleres de escritura creativa y crónica a cargo de Fedosy Santaella y más recientemente un Taller de Microficción a cargo de Beatriz García. Radicado desde el 2011 en la ciudad de Querétaro, México.

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