mayo 22, 2024

Rafael Jiménez Moreno: “Cuando debí abandonar Caracas, ya mi ciudad era oscura, peligrosa y maloliente”

Para Rafael Jiménez Moreno, el cierre de Radio Caracas Televisión (RCTV), un canal crítico para el Gobierno de Hugo Chávez, se tradujo “en la salida abrupta de la programación televisiva de corte humorística” en Venezuela.

Aquel polémico cierre, que generó protestas en todo el país y el posible inicio del recrudecimiento de la censura en el país durante la era chavista, se juntó con la adopción de una línea editorial “moderada” por parte de Venevisión, el principal canal competidor, originando un escenario que resultó “favorable” para el Stand Up Comedy en Venezuela.

Según Jiménez Moreno, la ciudadanía “necesitaba reír para drenar sus problemas y hacer catarsis”, mientras un grupo de comediantes pedía “un espacio para exponer su producción cómica”, sumándose al hecho de que unos locales, principalmente en Caracas, tenían la necesidad de aumentar la presencia de personas “en los días flojos de la semana”, que eran “principalmente los lunes y los martes”.

Y aunque había antecedentes, así inició todo un movimiento de comedia en suelo venezolano entre 2005 y 2010, que estuvo liderado por George Harris y Carlos Sicilia, pero también por Jiménez Moreno, a quien se le conoce como el “vampiro” y es respetado por muchos de los mejores comediantes venezolanos de la actualidad.

Ahora en Chile, el “vampiro” habló con Hilos de América sobre el humor y sus límites, pero también de la política en América Latina y, por supuesto, de su patria, Venezuela, a quien dedica varias frases cargadas de tristeza y nostalgia: “Cuando debí abandonar Caracas, ya mi ciudad era oscura, peligrosa y maloliente. Por lo tanto, mi nostalgia no tiene referentes urbanos. Extraño a mi familia, y también la cercanía de mis amigos, comediantes o no. Recuerdo con cariño las ciudades que la comedia me permitió conocer en Venezuela. Y en los meses de invierno aquí en Chile, extraño el clima caraqueño y la vista del cerro Ávila”.

Empecemos por una pregunta básica: ¿por qué “el Vampiro”?

―Basta detallar la fotografía que sirve de apoyo visual a esta entrevista para intuir la razón de mi apodo: el impresionante parecido que tengo con el protagonista de la famosa saga cinematográfica de vampiros “Crepúsculo”. Tal es mi semejanza con el actor principal, que es comprensible que muchos piensen que no soy real, sino más bien una recreación hecha por inteligencia artificial de Robert Pattinson. Quien no lo ve, que se anote en la lista de espera de la misión “Milagro”.

Vayamos con otra básica, pero probablemente mucho más complicada: ¿para qué sirve el humor?

―Como especie, el humor es uno de los principales rasgos evolutivos de la personalidad. Un atributo esencial de la condición humana que, bien canalizado, potencia la capacidad para socializar e influir sobre la gente. Al ideal del humor apela el líder para ampliar y proyectar su carisma; pero también el ser enamorado para conquistar el objeto de su pasión, porque como nos recuerda el novelista Javier Marías “la risa es a veces el preludio del beso y la expresión del deseo, su transmisión”. Pero, además, el humor favorece la memorización de datos. Lo que se aprende entre risas no se olvida.

El neurocientífico cognitivo Scott Weems documenta, en su libro Ja, la ciencia de cuándo reímos y por qué, que la risa mejora el flujo sanguíneo, suprime los niveles de glucosa en los diabéticos, fortifica el sistema inmunológico, reduce las sustancias químicas relacionadas con la hinchazón de las articulaciones por artritis y ayuda a combatir la dermatitis. En el campo mental, Viktor Frankl, el médico psiquiatra que deslumbró al mundo con su imprescindible estudio acerca de los campos de concentración nazi, ve en el humor “una de las armas del alma en la lucha por la autopreservación”. En términos sociológicos, el francés Henri Bergson reconoce en el humor un mecanismo de control social empleado por el colectivo para sancionar y ridiculizar a los individuos transgresores de los consensos al uso.

Muchos defensores de la pompa y la solemnidad demonizan al humor, lo estigmatizan por considerarlo disolvente de la autoridad (“la risa distrae al aldeano del miedo”, advierte un personaje de El nombre de la rosa) dado que supuestamente suplanta lo serio por la guachafita, el bochinche y el juego. Pero ello no es verdad. El humor y el juego son cosas serias. Es erróneo emparentar la anarquía con el juego, porque sin reglas ni normas no existe juego. Johan Huizinga señala en su Homo ludens la función socializadora que cumple el juego en la educación infantil. Por tanto, asociar el humor con el juego lo enaltece, no lo vilipendia. Pero se entiende la confusión, porque a menudo desconocemos el significado de las grandes palabras…

Finalmente, está la bellísima reflexión del escritor israelí Amos Oz: “Me atrevería a asegurar que, al menos en principio, creo haber inventado la medicina contra el fanatismo. El sentido del humor es un gran remedio. Jamás he visto en mi vida a un fanático con sentido del humor. Ni he visto que una persona con sentido del humor se convirtiera en un fanático, a menos que él o ella lo hubieran perdido. Con frecuencia, los fanáticos son muy sarcásticos y algunos tienen un sarcasmo muy sagaz, pero nada de humor. Tener sentido del humor implica habilidad para reírse de uno mismo”.

Y con esta última pregunta, pasamos a la siguiente que la complementa: ¿tiene límites el humor?

―El filósofo español Juan Carlos Siurana afirma que el humor es verdadero cuando es ético. ¿Y cómo saber que el humor es ético? Cuando quien apela a él se abstiene de degradarlo en ocurrencias expresadas mediante burlas, ironías y sarcasmos. ¿La parodia y la sátira se encuentran dentro del repertorio del humor negativo? No, porque tienen intenciones distintas, no embisten contra lo mismo. Por lo general, las burlas, las ironías y los sarcasmos son medios de ridiculización de seres tenidos por inferiores por parte de aquellos que se perciben superiores (ya sea en poder, capacidades o intelecto); en cambio, la parodia y la sátira son mecanismos de crítica política y cultural ideadas por los humildes contra los poderosos, es un arma más en la panoplia del poder de los sin poder del que nos hablaba Václav Havel.

Ahora bien, el humor presenta otro límite, no menos importante: la limitación intelectual, psicológica y sociológica de quien se plantea hacerlo. Me explico. Se afirma con razón que la risa es un fenómeno social. Pero, no es lo menos, que está atada también a las características de la época en que se hace el humor. Montaigne en uno de sus famosos ensayos nos recuerda que muchas de las leyes de la conciencia humana que atribuimos a la naturaleza nacen más bien de la costumbre, una “maestra violenta y traidora”, dado que avasalla y cambia de dirección sin avisar, interesada, como siempre está, en legitimar las nuevas realidades que por su peso se imponen. Un comediante, un humorista, por tanto, tiene que estar atento a los cambios registrados en las costumbres, de manera de no incurrir en circunstancias que le ganen la mala voluntad del público, censor siempre atento del nuevo tabú. En la actualidad, vivimos una época de extrañas costumbres, una época que ha consagrado el prestigio moral de la víctima (lo que allana el camino al postureo de la victimización) y la sacralización de las identidades …

Otro punto que no conviene olvidar es que “las costumbres” no necesariamente implican una catajarria de años transcurridos. Incluso fenómenos tan novedosos como las redes sociales ya poseen sus propias costumbres, por ejemplo, los jueves de #tbt.    

Estamos en tiempos de la llamada “cancelación”: algunas personas importantes, entre ellos comediantes, han sufrido cacería de brujas en redes sociales por decir cosas incómodas. ¿Cuál es tu opinión acerca de esta especie de censura impuesta por ciudadanos comunes y corrientes?

―Como periodista no puedo evitar sentir desagrado por la censura. Al rastrear los orígenes de la libertad de expresión es inevitable topar directamente con los orígenes de la democracia. Cuando en el año 508 antes de Cristo los atenienses ensayan una forma de gobierno de soberanía colectiva desconocen aún el nombre con el cual su innovación será recordada por las generaciones venideras. Para referirse a ella usan dos voces: isonomía (igualdad ante la ley) e isegoría (igualdad en el uso de palabra en los espacios de poder). Sin embargo, a los griegos no les parecía suficiente consagrar el derecho de sus ciudadanos a hablar en el ágora, y por ello garantizaron la posibilidad adicional de poder decir todo lo que se quería decir, sin represalias ni castigo. Este fue, pues, el segundo pilar de su idea germinal de libertad de expresión: la parrehsía. Veinticinco siglos después, en nuestras sociedades modernas, salvo honrosas excepciones, hay poca isegoría y ninguna parrehsía. Raoul Vaneigem, en su imprescindible panfleto Nada es sagrado. Todo se puede decir, alerta: “Ninguna verdad merece que nadie se arrodille delante de ella. Todo ser humano tiene el derecho de criticar y contradecir lo que parezca más indudable o se admita como evidencia científicamente establecida. Las especulaciones más disparatadas, los asertos más delirantes fertilizan a su manera el campo de las verdades futuras e impiden erigir en autoridad absoluta las verdades de una época (…) Una verdad impuesta por la fuerza es una verdad que se corrompe (…) Una verdad impuesta se veta a sí misma la posibilidad de ser humanamente verdad”.

Pero el idealismo puede ser tan peligroso y descaminador como el pragmatismo más ramplón. Confieso que quien me hizo reconsiderar mi endiosamiento de la libertad de expresión es el pensador búlgaro Tzvetan Todorov, quién niega su carácter de derecho absoluto, porque la entiende condicionada por la responsabilidad pública de quien la ejerce. Señala Todorov, con total razón, que las consecuencias para una sociedad varían dramáticamente según quien diga las cosas: no es lo mismo que una persona sin poder comente que es necesario devaluar la moneda nacional a que lo exprese el ministro de Economía. El primer caso solo puede ser interpretado como “un acto del habla”; en cambio, el segundo corre el riesgo de ser comprendido como “un acto de gobierno”, frente al cual hay que tomar medidas preventivas. Quede pues la parrehsía únicamente para aquellos que no poseen poder.

Estas consideraciones no las hago para dejar sentado en esta entrevista que soy un erudito y un tragalibros, sino para dar una idea de lo antigua y compleja que resulta la discusión acerca de qué debe decirse, por qué debe expresarse, y cuándo y dónde debe manifestarse. El advenimiento de las redes sociales viene, en este sentido, a complejizar este debate de siglos, cuyas repercusiones se intensifican en Venezuela por el desmantelamiento de las estructuras de medios de comunicación experimentada en el país durante los últimos 25 años, documentada en ensayos y artículos del catedrático fallecido Antonio Pasquali.

Todavía la sociedad no tiene claridad acerca de si las redes sociales son negocios privados de entretenimiento creados para apalancar el modelo de extracción y comercialización de datos ideado por megaempresas tecnológicas, o por el contrario son medios de comunicación y foros de opinión pública. Cuando se estudia la dinámica de las redes sociales afloran otros factores de discusión. Por ejemplo, el hecho de que lo único estrictamente nuevo es la tecnología, no los usuarios. La mayoría de los usuarios de las redes sociales son elementos “viejos”, que fueron socializados audiovisualmente por medios tradicionales, y por tanto son portadores de criterios y referencias provenientes de su exposición a estaciones de radio y televisión. Muchos creadores digitales piensan que sus contenidos, por ejemplo, son simplemente conversaciones grabadas entre amigos, donde es legítimo por tanto decir todo porque sus repercusiones no van más allá del ámbito íntimo, y los participantes “presentes en escena” están en capacidad de interpretar correctamente el espíritu de lo hablado, porque gracias a sus vínculos de cercanía saben distinguir la broma de lo serio, cuando ocurre justo lo contrario. Existe una audiencia o público que ve y critica el contenido de acuerdo con los parámetros de su formación mediática previa, y por tanto ve programas, entrevistas, reportajes, crónicas o chismes de farándula allí donde el influencer solo ve contenidos. Se trata de un error costoso en términos de reputación digital: hablar en el ámbito público bajo la creencia de que se está apartado del mundo y entre amigos en la sala de la casa.

Hay otro factor del que poco se habla, por razones de demagogia. La calidad del líder viene dada en última instancia por la calidad de sus seguidores, cuya virtud impone una barrera ética que no puede ser traspasada sin desmedro del vínculo afectivo y carismático. Los afectos también poseen una racionalidad, y aunque sea sui generis, al fin y al cabo, hablamos de una suerte de racionalidad, de lo contrario la psicología no se ocupara del orden interno de las emociones. En el ámbito digital, ¿quién ha dotado al influencer de su autoridad? Es obvio que la propia audiencia. ¿Y en razón de qué criterios le otorgó ese poder? A menudo por factores anecdóticos, pintorescos o superficiales como la aversión al aburrimiento (un signo de infantilismo). En el segmento del entretenimiento y la comedia digital la condición de influencer rara vez se otorga en función de un acendrado estándar de calidad. Existe otro factor: la aparente democratización de la fama, y el hecho de que no se precisa trabajar en un medio de comunicación para acceder a la pantalla y, con suerte, monetizar como celebridad de internet. Lo curioso es que cuando uno de los consentidos de las redes “se come la flecha” la “audiencia-Pilatos” se lava las manos y se desentiende del asunto, cuando no procede con alegría cainita a su linchamiento (gracias a Dios metafórico).

Finalmente, las redes sociales presentan otra característica: propician la conexión continua. Su estructura de incentivos perceptivos y sensoriales está diseñada para que los internautas estén siempre en las plataformas. Hay una fuerte presión para que los creadores “generen contenidos” y estimulen la participación mediante calificaciones y comentarios exigidos por los algoritmos y sus metodologías de jerarquización. En el caso de los comediantes digitales la satisfacción permanente de los usuarios es lo que era el rating televisivo para los comediantes de los medios de comunicación tradicionales. Pero con algunas diferencias de fondo: una mayor frecuencia de aparición y, por lo general, inexistencia de un equipo de escritores y una estructura de evaluadores de aquello que se pretende presentar. Un comediante hace chistes y no contenidos. Y, como toda obra del pensamiento, un chiste implica una cantidad de tiempo que la dinámica de las redes niega. El mandato es claro: salir al ruedo todos los días no importa si sea con una estupidez. El generador de contenido termina por matar así al humorista y al comediante.

Los debates de redes sociales a menudo representan la caricaturización del ideal de la deliberación democrática. Cuando veo a tanto opinólogo y zoilo de internet mi mente parafrasea el título de una famosa película almodovariana: ¿por qué dicen Habermas cuando quiere decir Cristina Saralegui?

Eres uno de los grandes impulsores del Stand Up Comedy en Venezuela, lo cual te llevó a ganarte el respeto de muchos de los mejores comediantes del país. ¿Fue difícil andar en esta disciplina en una Venezuela donde, para ese entonces, no había mucha cultura de este tipo de shows?

―Decir que el stand up comedy empezó en Caracas alrededor de 2005 con George Harris en “Teatro Bar” y Carlos Sicilia en el “Molino Rojo” no es completamente cierto, porque antes habían existido los experimentos de humor unipersonal en bares como “La Guacharaca” de Ben Amí Fihman y “Comedia local” de Emilio Lovera y Laureano Márquez. Sin embargo, sí es absolutamente verdad que gracias a los esfuerzos de Harris y Sicilia el stand up tomó un vuelo definitivo. El cierre de Radio Caracas Televisión y la adopción de una línea editorial “moderada” por parte de su competidor Venevisión se tradujo, con el paso de los días, en la salida abrupta de la programación televisiva de corte humorística.

Fue así como se produjo el contexto que favoreció al stand up: 1) una ciudadanía que necesitaba reír para drenar sus problemas y hacer catarsis; 2) unos comediantes que necesitaban un espacio para exponer su producción cómica y 3) unos locales con necesidad de aumentar la presencia de personas en los días flojos de la semana, principalmente los lunes y los martes.

Hacer comedia por aquellos días implicaba un aprendizaje para todos: el público debía presenciar un humor diferente al tradicional sketch de “Radio Rochela” o “Cheverísimo”; el comediante debía renunciar a sus aspiraciones totalitarias de ser escuchado sin interrupciones y además ser aplaudido; y el empresario tenía que abandonar la ilusión de que un punto de comedia se hacía con dos o tres semanas de trabajo e inversión. Cuando las cosas empezaron a salir bien se sumó más público, más comediantes (hubo una segunda camada: locutores radiales e influencer de redes sociales) y más circuitos de comedia. Pero el stand un comedy terminó, como todo en Venezuela, por chocar con la realidad…

¿Qué extrañas de aquellos días?

―Cuando debí abandonar Caracas, ya mi ciudad era oscura, peligrosa y maloliente. Por lo tanto, mi nostalgia no tiene referentes urbanos. Extraño a mi familia, y también la cercanía de mis amigos, comediantes o no. Recuerdo con cariño las ciudades que la comedia me permitió conocer en Venezuela. Y en los meses de invierno aquí en Chile, extraño el clima caraqueño y la vista del cerro Ávila.

¿Fuera de Venezuela te volviste a montar en tarima a contar chistes o dejaste esta labor en cuanto saliste del país?

―En mi caso, la necesidad de producir dinero para vivir en una tierra extraña, pero también para contribuir con parte de los gastos de mis familiares en Venezuela, conspiró contra mis deseos de retomar los proyectos humorísticos. Con todo, en Santiago me he presentado en cinco ocasiones en locales de comedia, tres de ellas con presencia mayoritaria de público chileno. Salí bien librado. Pareciera que la vis cómica no me ha abandonado del todo. Alabado sea el Señor.

¿Cuáles fueron o son tus principales referentes en el humor?

―Soy hijo de una secretaria y un vendedor que se esmeraron por darle a su descendencia la mejor vida posible. En mi casa no había biblioteca y por razones de economía familiar no frecuentábamos el cine. Por tanto, aparte de las referencias de dos tíos con un extraordinario sentido del humor, mis referencias cómicas las tomé de la televisión. El rey solar era Jorge Tuero, me gustaba mucho, incluso más que Joselo y Pepeto que eran muy buenos. El tiempo y la profundización de mis estudios sobre humor me trajeron mis otras referencias Emilio Lovera, Laureano Márquez, Pedro León Zapata, Chespirito, Otrova Gomas, Aquiles Nazoa, Mel Brook, Les Luthiers, Guillermo Cabrera Infante, Alfredo Bryce Echenique y, oh sorpresa, Fernando Vallejo, Thomas Bernhard y Michel Houellebecq.

Como muchos comediantes, no todo lo que hiciste o escribiste sobre el país tenía la intención de hacer reír. En tus blogs hay algunos artículos muy rudos. En uno que escribiste en 2017, en el marco de las protestas antigubernamentales, se lee lo siguiente: “Hoy en Venezuela, y como si se tratase de un niño que nace a la vida entre lágrimas y llantos, la bella libertad busca un lugar en el mundo. En lo hondo de nuestros corazones ya lo tiene”. ¿Qué sientes al ver hoy esas líneas que escribiste en aquel triste momento para la historia venezolana? ¿Estando en el exilio, esas palabras te duelen igual o te duelen menos?

―Gracias por preguntar. Hay quien piensa que aquellos que no están en el país no deben hablar de Venezuela. La buena vida que se dan en el exterior los desacredita. En verdad, nadie conoce las noches de nadie. Además, el alma cobarde intuye que es hábito sumamente peligroso imaginar con ánimo benevolente y comprensivo la vida ajena, no sabe bien con que se termine empatizando. Dice un personaje de Kipling en la novela La bandera inglesa: “¿Qué sabrán ellos de Inglaterra, que solo Inglaterra conocen?”. Tal cavilación puede aplicarse también a muchos venezolanos que albergan en su alma la peste del resentimiento: ¿qué sabrán ellos de Venezuela, que solo Venezuela conocen?

Acerca de las palabras que citas, pienso que siguen siendo verdaderas en unos corazones y en otros no. La desesperanza ha calado muy hondo en los venezolanos, donde quiera que se encuentren. Y como advierte el mexicano Gabriel Zaid, en un guiño a la famosa frase de Lord Acton, “El poder corrompe. La impotencia también”. O en palabras del novelista Javier Marías: “Esperar envicia”.

El poder de los sin poder es negarse a vivir en la mentira, repetirla y legitimarla. Hay mentiras en el gobierno y hay mentiras en la oposición; porque hay usurpación en ambos. A estas alturas conviene hacerse esta pregunta: ¿en el reino de lo “gratuito” alguien estaría dispuesto a pagar el precio de vivir en la verdad? Mi respuesta es que sí. Pero aún son pocos: no constituyen legión. Hay una mayoría de acomodaticios. Mala señal. En la historia universal, que yo sepa, no ha habido un imperio forjado por jalabolas.

Como indica Italo Calvino en Las ciudades invisibles: “El infierno de los vivos no es algo que será; si hay uno, es aquel que existe ya aquí, el infierno que habitamos todos los días, que formamos estando juntos. Dos maneras hay de no sufrirlo. La primera es fácil para muchos: aceptar el infierno y volverse parte de él. La segunda es peligrosa y exige atención y aprendizaje continuos: buscar y saber reconocer quién y qué, en medio del infierno, no es infierno, y hacerlo durar y darle espacio”.

En tu experiencia, ¿cómo el exilio ha cambiado a la mayoría de los venezolanos? ¿Es un cambio para bien o un cambio para mal?

―En el universo de la venezolanidad hay de todo. El venezolano es un ser roto habite donde habite. Un ser obligado a adoptar una ética de la supervivencia, que al final viene dada por la necesidad de acomodarse a un estado de cosas cuyo fin no se vislumbra; un estado de cosas donde hay oportunidades de medrar, siempre y cuando el ser humano pueda “reinventarse” y “empoderarse”. Hay un cierto tufo de bellaquería en determinadas palabras. La decadencia de la civilización occidental es una neblina que cubre muchos países. En el extranjero lamentablemente hay venezolanos que explotan a venezolanos y se benefician de su incierto estatus migratorio; y nada de la dureza de esta situación se aliviará diciendo que no todos son así, con la alucinada esperanza de no ser cancelados por la comunidad de emprendedores, que en la mente de los influencers son siempre potenciales anunciantes y patrocinantes. Hay venezolanos que ya asumieron que el resto de su vida tendrá lugar en una tierra extranjera, y por tanto ven en la comunidad de sus compatriotas el ghetto que les impide integrarse plenamente a su nueva nacionalidad. Hay jóvenes venezolanos que ven en la patria una madre violenta y promiscua, de la que es urgente alejarse y desentenderse. Hay venezolanos que regresan en pensamiento todos los días a su tierra y sueñan con tener en ella un futuro de libertad y oportunidades, porque como señaló el gran novelista Joseph Roth: “El desvalimiento de quien no puede ayudar a las personas cercanas es la más terrible de las calamidades”.

Muchos venezolanos, de alguna manera u otra, tienden a creer que los problemas de Venezuela son los más importantes, y no entienden el por qué algunos países u organismos internacionales no presionan más para lograr un cambio político. Sienten a Venezuela como si fuese el ombligo del mundo. ¿Cuál es tu opinión sobre ello? Viendo las cosas desde afuera, ¿crees que los problemas de Venezuela deberían ser tan importantes como muchos creen?

―Venezuela languidece de geopolítica. Cuando ascendió el chavismo sus efectos eran previsibles para muchos países de la región. Pero era un suicidio que a muchos convenía. A los países limítrofes les interesaba tener un vecino débil, anarquizado, incapaz de erigirse en potencia de nada. A los países agrupados en bloques de comercio les convenía el desmantelamiento del aparato productivo, porque ello suponía la desaparición de la competencia y el surgimiento de un mercado con múltiples necesidades, que un Estado con petrodólares debía atender. Por su parte, al eje de potencias antioccidentales le convenía contar con una cabeza de playa que distrajese recursos y esfuerzos del imperio estadounidense.

Al materializarse la diáspora se concretaron subsecuentemente sus oscuros “beneficios”: caudales de trabajadores que pueden emplearse como mano de obra cuasiesclava, oportunidad de acceso a recursos financieros internacionales por concepto de ayuda humanitaria, ampliación de la base de contribuyentes a un sistema de pensiones que experimentaba el peligro asociado al envejecimiento y creciente retiro laboral de los trabajadores locales. Y al Estado chavista le conviene el crecimiento de las remesas y la “hemorragias de votos” que con cada exilio pierde la opción electoral de la oposición.

Cuando pienso en la dizque “mano amiga” de la comunidad internacional no puedo evitar tararear la letra de la canción “Mi desengaño” del gran Roberto Roena: “Sentémonos a pensar / la vida ha de continuar / fingiendo amor donde no hay / y fingiendo una sinceridad / Es cierto, se debe admitir / el mundo está lleno de maldad / pero al estudiar la situación / entraremos en razón”.

¿Cuál es tu evaluación de la política en América Latina por estos días, con diferentes líderes populistas de todas las ideologías existentes?

―No se trata solo de un problema latinoamericano. En todas partes del mundo las democracias pierden terreno ante las formas autoritarias de gobierno. El mercado, su antiguo aliado, parece dispuesto a convivir con sistemas nacionales que limitan los derechos civiles y políticos, al punto de convertirlos en letra muerta. Cada día surgen indicios del intercambio permanente de técnicas y estrategias entre los regímenes de orientación antiliberal, movimientos interconectados que muchos analistas políticos, por razones de simplicidad y conveniencia, despachan con la denominación de populismos. El verdadero tema es la libertad, pero los pueblos en su desesperación y ahogo socioeconómico padecen la obsesión por la desigualdad, que es la enunciación negativa de la utopía de la igualdad. La singladura de una utopía siempre ha terminado en tragedia.

Escribe Sándor Márai en Lo que no quise decir: “Las grandes tragedias humanas parecen tener una especie de dinámica interna que le es propia y de la que nada se puede cambiar: hay que esperar a que suceda todo y se produzca lo inevitable, y sólo entonces, ni un instante antes, se podrá actuar”.

No sé si desde afuera te da chance seguir con intensidad la actualidad política de Venezuela, pero igual ahí te va una pregunta: ¿qué opinas de la posible candidatura de “Er Conde del Guácharo”? Aparentemente esta vez sí es en serio…

―Como ciudadano venezolano le asiste el derecho a aspirar a la presidencia. Yo no votaría por él en unas hipotéticas elecciones, cuya eficacia política siembra muchas dudas. Y esta decisión no obedece al hecho de que Rausseo sea comediante, porque pensar de tal modo más que un razonamiento implicaría un prejuicio. No olvidemos que el presidente de Ucrania, Volodimir Zelenski, es comediante y hasta los momentos ha sabido conducirse como un estadista a los ojos de sus gobernados. Baste recordar que el humor es un rasgo característico del muy admirado Winston Churchill. Mi desaprobación con Rausseo consiste en que no representa una opción de ruptura verdadera del sistema, ni su propuesta asienta las bases de un proyecto de regeneración nacional. Representa la falsa ingenuidad de los pragmáticos, de los “apolíticos”, cuyo lema se resume en la frase “yo no me meto en política, porque si no trabajo no como”. Su supremacía moral consiste en la exaltación del trabajo como valor máximo. Pero cualquiera puede advertir que no es lo mismo trabajar libre que encadenado, aunque en ambas circunstancias se puede comer.

¿Volverías a Venezuela? ¿Sí? ¿No? ¿Por qué?

― Sí. Porque está mi familia y Venezuela es mi país. Además, me gustaría participar en el proceso de reconstrucción de la tierra que tantas alegrías me brindó. Siento que es un deber que tengo con los venezolanos del futuro.

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Braulio Polanco

Braulio Polanco es periodista y editor fundador de Hilos de América. Sus artículos han sido publicados en diversos medios de comunicación como Caracas Chronicles, Diario La Verdad, Diario Tal Cual, Radio Fe y Alegría Noticias, Revista OJO y Revista SIC.

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