junio 25, 2024

Arquetipos y disfraces: Repensando el debate que no fue

Pese a que la pareja presentadora estaba allí para promover a la Escuela de Gobierno “Mercedes Pulido”, y no para moderar un debate sobre el cual poder vislumbrar directrices respecto a una eventual agenda de transición, es obligatorio recapitular las intervenciones de los ocho precandidatos durante las dos rondas de preguntas.

Eso sí, hay que recordar que hubo al menos tres ausencias notorias, las cuales es preciso incorporar a esta reflexión.

I.- Los arquetipos

Los arquetipos son modelos tomados de la mitología, la literatura, el teatro, el cine o la televisión. El personaje arquetípico suele ser recreado por los asesores de imagen para exagerar las virtudes de sus clientes así como los defectos de sus adversarios.

En este caso, cabe advertir que la indumentaria y puesta en escena de varios precandidatos a la primaria presidencial de la Plataforma Unitaria consistieron en auténticos disfraces que al mismo tiempo evocaban arquetipos.

En particular, Andrés Velásquez, César Pérez Vivas y Delsa Solórzano, que en vez de asumir que eran parte de un debate para presentar propuestas de gobierno, se dejaron llevar por su pasado parlamentario. Sí, su desempeño correspondió al arquetipo del diputado que interviene exclusivamente para agotar un derecho de palabra, en función de los intereses de su bancada.

Una acotación: cuando Pérez Vivas retó a los demás precandidatos a firmar un acuerdo para eliminar reelección presidencial y restituir el Congreso bicameral, como solución al régimen dictatorial, Luis Carlos Díaz abusó de su rol, advirtiendo que ellos (los moderadores) eran quienes formulaban las preguntas. La sonrisa burlona de Pérez Vivas, en claro desafío, era digna del hemiciclo polarizado durante la legislatura 2011-2016.

Si los precandidatos no podían interpelar a sus pares, entonces no se trató de un debate.

Superado el paréntesis, ha de precisarse la fusión del arquetipo diputado con el del sindicalista retador en Velásquez.

Por su parte, Solórzano encarnó a una diputada que no ha sido tal: Lila Morillo. Ya sea por una perversa asesoría de imagen, o por un probable cuadro de trastorno dismorfico corporal, Solórzano, en vez de parecerse más a la precandidata María Corina Machado, cuyas facciones, vestimenta y discurso quisiera clonar, ha logrado convertirse en una réplica joven de la diva zuliana.
De hecho, Solórzano tendría que tener la edad que la gente le atribuye a Morillo para poder redactar “más de 300 leyes para la transición” y estar representando a “300 presos políticos”. De ser ciertas las afirmaciones de Solórzano, ella sería una auténtica dictadora, monopolizando la agenda legislativa del eventual gobierno de transición.

En cuanto a la presentación de Freddy Superlano, exdiputado y ganador defenestrado de la Gobernación de Barinas, irremediablemente recreaba a la llegada de un capo mexicano del narcotráfico. Cual “Señor de los Cielos”, con imponente camioneta, pareja y dos guardaespaldas con sombreros texanos, tan trajeados como su jefe, Superlano, protagonista de un escándalo con prostitutas en Cúcuta, no pudo haber transmitido peor semblanza arquetípica.

Por si fuera poco, la precandidata Machado siguió con los desaciertos respecto a su imagen. Suponiendo que los porcentajes de intención de voto sean ciertos, su perfil no terminaría de consolidarse debido a la torpeza de sus publicistas. Si hace una década apelaron al arquetipo de la Virgen María y pocos años después hicieron de Machado una especie de prima hermana de Lilian Tintori, ahora les dio por resaltar el perfil ambiguo que suele transmitir una mujer divorciada y vehemente.

Esa chaqueta bicolor, mitad negra y mitad blanca, era digna de Cruella de Vil, Ellen DeGeneres o Harley Quinn. Tanto así que bien podría ser María Corina Dos Caras.

II.- Los disfraces

Carlos Prosperi quiso descubrir el hilo negro, reciclando en su oferta ciertos programas exitosos del primer mandato de Carlos Andrés Pérez; en efecto, trata de adaptar su vestimenta casual.

Sin embargo, el colmo de los disfraces fue el de estadista, no como indumentaria, sino como discurso. Ese disfraz retórico, si cabe la expresión, fue empleado por otros dos precandidatos presentes: Tamara Adrián, quien calificó al grupo como “estadistas”, y Andrés Caleca. Ambos trataron de mostrarse académicos, críticos y ecuánimes, sin aportar algo interesante.
También ese disfraz lo portan Roberto Enríquez, Henrique Capriles y Manuel Rosales.

Las tres ausencias notorias supuestamente obedecieron a la necesidad de reflexión sobre la problemática económica (Enríquez) y la necesidad de no fomentar divisiones (Capriles) o apostar por la unidad (Rosales, quien optó por no inscribirse como precandidato).

Segunda acotación: aunque la prensa criticó a los precandidatos que prescindieron de la corbata, adviértase que Capriles no escucharía consejos de su pareja, la estilista Valeria Valle. Por el contrario, sigue fiel a su gorra y chaqueta deportiva, cual Ash, el Maestro Pokémon. Al parecer no entendió cómo hizo el ridículo hace 11 años cuando, ya candidato unitario, fue entrevistado vía Skype por Carmen Aristegui, Denisse Dresser y Lorenzo Meyer. Entonces no sólo optó por su atuendo de entrenador, sino que se despidió con la perla de querer mucho a México porque sus padres fueron amigos de “Cantinflas”.

III.- Las preguntas

Más allá de haber sido formuladas en dos rondas, las interrogantes eran vagas y superficiales. Tampoco ayudaba el veto autoatribuido por los moderadores.

Las preguntas correspondían a estos temas:
Primera ronda:
1) Mensaje a Venezuela.
2) Definición y caracterización del actual régimen político.
3) Garantías a la juventud para no tener que emigrar.
4) Construcción de un entorno favorable a negocios e inversión durante una transición a la democracia.
Segunda ronda:
1) Alcance de la primaria: candidatura versus liderazgo de la Plataforma Unitaria.
2) Identificación de los errores cometidos por la coalición opositora y propósito de enmienda.
3) Mensaje para los familiares de los más de 300 presos políticos.
4) Estrategia para motivar y movilizar a quienes están desinteresados en la política.
5) Mecanismos posibles de un acuerdo unitario para hacer valer el resultado de la primaria ante la ola de inhabilitaciones.
6) Mensaje final.

IV.- Las respuestas

En términos generales, hubo muchas respuestas vacías y hasta irresponsables. Para simplificar, en cada interrogante, se hará mención de dos o tres intervenciones que merezcan comentarios puntuales.

IV.1.- Primera ronda

El mensaje a la nación básicamente se centró en la prioridad de construir un acuerdo unitario que pueda hacer factible el cambio político, siendo la primaria presidencial el primer paso para concertar propuestas y recursos.

Asimismo, Superlano advirtió que la primaria no es una elección convencional, pues incluso está amenazada por el Tribunal Supremo; por ende, es imprescindible organizarse para promover el cambio político. Y en todo el evento, fue el único precandidato que mencionó una vez los términos descentralización y reforma tributaria, sin mayores detalles.

Por el contrario, tanto Prosperi como Machado aseguraron que en esta oportunidad el régimen sería derrotado definitivamente. Prosperi vaticinó un retorno masivo de la diáspora en diciembre de 2024 y Machado se mostró confiada en privatizar hasta PDVSA y empresas quebradas.

Por supuesto, nadie puede prometer el fin del régimen en 2024 y muchísimo menos garantizar condiciones para que aquellos compatriotas que hayan podido rehacer su vida, e incluso formar familia, en otros países lo abandonen todo para ayudar en la reconstrucción de Venezuela. Tampoco sería sensato para cualquier inversionista, nacional o extranjero, arriesgar su capital en empresas o sectores cuyos márgenes de rentabilidad sean dudosos a mediano plazo.

Con respecto a la caracterización del régimen, los vocablos dictadura y tiranía criminales fueron recurrentes. Sin embargo, Adrián pecó de ambigüedad, afirmando que no es una dictadura, pues surgió de elecciones, sino que tiene “naturaleza controvertida”. En respuesta, Solórzano señaló que las elecciones de 2018 fueron fraudulentas y el régimen viola sistemáticamente los derechos humanos. Por complemento, Machado advirtió sobre alianzas con regímenes transcontinentales, guerrilla y narcotráfico, aunado a la destrucción de la economía y a la división del país como mecanismos para perpetuarse en el poder.

En particular, Pérez Vivas mencionó que el caudillismo y el presidencialismo “agudo” serían las causas de esta dictadura, por lo cual propuso como un acuerdo unitario para eliminar la reelección presidencial y restituir un Congreso bicameral. Por supuesto, eso es algo que requiere al menos una reforma general de la Constitución y que sería factible con dos tercios del actual parlamento, casi monopolizado por la dictadura… O en su defecto, sumir al país en otro desgastante proceso constituyente.

Tal vez las respuestas más peregrinas obedezcan a la cuestión de la agenda para garantizar a nuestra juventud que no tenga que emigrar. Para muestra un botón: Caleca, cual Poncio Pilatos, admitió que no tenía nada que ofrecer a los jóvenes y que, como está en riesgo su futuro (el de ellos, porque él ya tiene su vida hecha), les invita a luchar por el mismo. Entonces uno recuerda los episodios de 2014, 2016 y 2017, con decenas de muertos, cientos de presos políticos y cientos de miles huyendo de una patria que les niega oportunidades de una vida digna.

Otra intervención desfasada fue la de Prosperi: una Ley de primer empleo no podría prohibir los contratos por período de prueba ni restringir la demanda laboral de empresas casi aniquiladas. Tampoco el Programa Gran Mariscal de Ayacucho se tradujo en el retorno de personal altamente calificado; por el contrario, estimuló la fuga de cerebros ya que nuestro mercado no tenía plazas para ellos.

Lamentablemente la pregunta más delicada generó las propuestas más etéreas. Los precandidatos fueron interpelados sobre cómo garantizarían un entorno favorable para los negocios y la inversión, considerando la existencia de grupos de poder que creen que ello es posible en ausencia de democracia y libertades.

Expresiones tan manidas como la confianza, la seguridad jurídica o el ajuste salarial fueron denominador común. A su vez, tanto Machado (“estabilización expansiva de la economía”) como Pérez Vivas (“economía social y ecológica de mercado”, cuyo eje sería la empresa privada) apelaron a términos rimbombantes e incomprensibles hasta para ellos mismos. Adrián quiso repetir los Objetivos del Milenio de la ONU y ofreció “democracia con inclusión”.

La única intervención rescatable, sin que fuese digna de aplausos, fue la de Superlano. Advirtió que es imprescindible un cambio político que conduzca al restablecimiento de la confianza, reactivando líneas crediticias y restituyendo la autonomía del Banco Central. Además señaló la importancia de una nueva ley de hidrocarburos para reformular la política de apertura petrolera.

IV.2.- Segunda ronda

A diferencia de la primera ronda, salvo la defensa unitaria de la primaria y el mensaje final, el derecho de palabra por cada pregunta estuvo restringido a cinco o seis intervenciones.

La percepción predominante sobre el alcance de la primaria fue su concepción como un mecanismo para gestar más un liderazgo unitario que una simple candidatura.

En lo concerniente a reconocer los errores cometidos por la oposición y que no deberían repetirse, Caleca advirtió sobre un reiterado “desconcierto estratégico”, “dar bandazos entre distintas formas de lucha” (pacífica, abstencionista, electoral o desesperada); además resaltó la importancia de auditar y actualizar el padrón electoral.

Prosperi reclamó que ningún grupo de partidos debe creerse dueño de la oposición ni mucho menos abandonar a gobernadores y alcaldes aliados.

En lo que parecía un ataque indirecto a Machado, Adrián se pronunció contra “el voluntarismo anárquico”, al tiempo que destacó lo importante que es “saber a qué nos enfrentamos” y qué hacer, si se gana la Presidencia, con las otras ramas del Poder Público en contra.

El mensaje para los familiares de los presos fue tan irresponsable como poco alentador.

Irónicamente, Solórzano, quien dice estar defendiendo las causas de casi todos los presos políticos, ofreció que al asumir el gobierno su primer decreto sería para liberarles. Como abogada y exdiputada, ella sabe (o debería saber) que las facultades presidenciales no van más allá de indultos individuales y que, dado el número, sería preciso una Ley general de amnistía; es decir, un instrumento que tendría que ser negociado con un parlamento dominado por el régimen.

Además, tratándose de presos políticos, sería indignante tanto para ellos como para sus familiares ser tratados como delincuentes comunes. Por el contrario, el Estado tendría que promover el sobreseimiento de sus causas y otorgarles la indemnización correspondiente.

Las demás intervenciones sobre el tema fueron superficiales; Machado incluso habló de “otros presos políticos”, aludiendo a los funcionarios que temen expresarse contra el régimen.

Cuando se preguntó respecto a cuál estrategia serviría para conectar con quienes ahora no están interesados en la política, nuevamente se apeló a los porcentajes de encuestas que presentan al régimen como un quinto del electorado y la importancia de movilizar a los cuatro quintos que lo rechazan. Caleca, no obstante, advirtió que apenas un 20 % del electorado apoya decididamente a la oposición y que el 60 % está frustrado y que urge identificarse con el mismo, llegar a ser sus legítimos voceros.

Por su parte, Solórzano afirmó que la gente habría dejado de participar porque siente que otros (las cúpulas partidistas) deciden por ella. Por tanto, señaló la importancia de hacer entender al pueblo que la vida cotidiana sí tiene que ver con la política: cuando los servicios públicos no funcionan, es como resultado de la implementación de un modelo (negativo) de ejercicio del poder. Y que, pensando en la primaria, la ciudadanía tiene en el voto la herramienta para construir la unidad que los precandidatos y los partidos de la alianza opositora están dispuestos a hacer valer.

El clímax del evento, si acaso lo hubo, fue el cómo construir un acuerdo unitario para defender la primaria y enfrentar una previsible ola de inhabilitaciones. Claramente hay dos posiciones: la candidatura unitaria es producto de la “habilitación” del electorado, verdadero soberano (Machado) versus un eventual “orden de sucesión” (Solórzano y Adrián). Al margen, Caleca insistió en el rescate de la organización para la movilización y defensa del voto, aunado a la protesta de calle.

Cuando los moderadores solicitaron a los precandidatos decantarse por una de estas dos vías, el consenso se hizo más improbable. La tesis de Machado tendría el aval de Velásquez, Caleca y Pérez Vivas abogan por un diálogo fuera de cámaras (supuestamente ocurrió días después), mientras que Solórzano y Superlano apuntan hacia el orden de sucesión partiendo del caso Barinas 2021, cuando se optó por un candidato de consenso, tras la inhabilitación del último y sus allegados.

Finalmente, del mensaje de cierre, cabe citar frases puntuales:

Prosperi: “Fe y esperanza”.

Velásquez: “Dignificar a Venezuela”.

Adrián: “Hacer entrar a Venezuela en el siglo XXI”.

Superlano: “Si Barinas pudo, Venezuela también puede”.

Machado: “Este régimen perdió su gente y la estamos recibiendo con los brazos abiertos… iYo voy hasta el final!”.

Caleca: “Recuperar el aparato productivo… Recuperar infraestructura y servicios…”.

Pérez Vivas: “Diez propuestas que están en mi sitio Web…”.

Solórzano: “… decirle a cada joven que no conoce otra cosa que es posible enfrentar democráticamente a una dictadura criminal”.

V.- El balance

Honestamente dicho evento no tuvo ganadores, pero sí un gran perdedor: el pueblo venezolano, urgido de un gobierno democrático, serio y responsable.

Aunque Adrián acertó al asegurar que Venezuela todavía no ha entrado en el siglo XXI, no advirtió que la involución del país fue hacia lo peor del siglo XIX, como en la Guerra Federal: un territorio fragmentado en feudos bajo control de tropas particulares (bandas criminales, dirigidas desde las cárceles); infraestructura vial, hospitalaria, educativa y de servicios en franco deterioro; una moneda nacional depreciada y despreciada, sin siquiera liquidez, al punto de coexistir con el dólar estadounidense, el euro, el peso colombiano y criptomonedas; ausencia gravísima de estadísticas nacionales en distintos sectores; un parlamento nacional que no legisla; un Poder Judicial marcado por la politización y la provisionalidad; y unas fuerzas del orden público partidizadas y carentes de profesionalismo.

Como Adrián recordó, con la muerte de Juan Vicente Gómez, el país entró en el siglo XX; no obstante, ese proceso de modernización no fue por “generación espontánea”. Por el contrario, el “Programa de Febrero” de 1936 fue desarrollado por un eminente equipo, liderado por Alberto Adriani. En su diagnóstico, aquel documento sentenciaba, palabras más, palabras menos: un país hambriento y enfermo jamás será un país productivo.

Ahora, tras 24 años de “revolución”, podría parafrasearse así: un país hambriento, enfermo e ignorante jamás será un Estado democrático, independiente y desarrollado.

En todo el evento, hubo apenas dos propuestas de cambio institucional, las cuales requerirían como mínimo una reforma general a la Constitución o, en su defecto, la activación de la tercera Asamblea Nacional Constituyente en casi 30 años.

Sí, tanto la “solución anticaudillista” de Pérez Vivas (prohibición absoluta de la reelección presidencial y vuelta al Congreso bicameral) como la de “gobernabilidad” de Prosperi (elecciones generales en 2027 sin inhabilitados ni presos políticos), son propuestas cuya factibilidad dependería de un acuerdo con el actual parlamento dominado por el régimen. En caso contrario, habría que involucrar al país con otro proceso constituyente, cuyo respaldo popular luciría fantasioso.

Nótese que no se niega la necesidad de reformas de tal carácter. El problema prioritario está en alcanzar el poder por la vía democrática y garantizar la gobernabilidad, dando pronta y efectiva atención a la compleja problemática del país, el Distrito Capital, los 23 estados y los 335 municipios.

Con una economía devastada, comenzando por la propia industria petrolera, el presupuesto público se antoja insuficiente para asumir los correspondientes compromisos de gasto.

Ciertamente urge la inversión extranjera directa, pero la misma no llegará en ausencia de estabilidad política, seguridad jurídica, orden público, infraestructura vial recuperada y servicios públicos funcionales.

En la práctica, un hipotético gobierno democrático que busque cumplir con su rol tendría que entenderse, y comprometerse, con la única fuente de inversión disponible: el empresariado venezolano o el extranjero que aún permanezca aquí.

Después de varios años de hiperinflación y recesión, cualquier medida de reactivación económica generará más inflación a corto plazo. Únicamente si las primeras acciones del nuevo gobierno transmitieran confianza, se reduciría la incertidumbre en el mediano plazo, lo cual es imprescindible para hacer atractivo nuestro mercado para la inversión extranjera directa.

De cualquier manera, es necesario un acuerdo tripartito (gobierno, empresarios y trabajadores) para garantizar tanto flexibilidad laboral como salarios mínimos decentes y, en general, sueldos y salarios competitivos.

Asimismo, es preciso ser responsable con el discurso gubernamental. Ya basta de necedades, como eso que “expropiar es robar” o el manido control de precios. Hay que dejar claro cuál es la utilidad pública que generaría determinada expropiación y que toda confiscación obedece a un proceso judicial. Sin ambigüedades y con transparencia, se reduce la incertidumbre y crece la confianza.

No se trata de convertir las 24 entidades federales en “zonas económicas especiales”, pero sí de crear suficientes incentivos fiscales para que el sector privado pueda absorber parte de la población cesante tras el previsible cierre de muchas empresas públicas e incluso varios ministerios sin funciones claras.

Además, cualquier política fiscal debería considerar la descentralización de ingresos y gastos a estados y municipios, sin que ello signifique que, como dicen Allan Brewer-Carías y sus seguidores, sea preciso crear más gobiernos locales porque “apenas” hay 335 y otros países tienen 10 o 15 veces esa cantidad.

Salvo el Distrito Capital y el Estado La Guaira, que tienen un solo municipio cada uno (Libertador y Vargas, respectivamente), no hay que seguir dividiendo localidades ni creando más partidas de gasto no presupuestado. Por tanto, otra reforma institucional importante implicaría el desmontaje del “Estado comunal”.

Finalmente habría que considerar otras dos grandes omisiones de los precandidatos: la reforma militar y policial, aunado no tanto a “la reinserción de Venezuela en el sistema financiero internacional”, sino a la formulación de la política exterior y nuestra red de embajadas y consulados. Por un lado, se requiere de una fuerza pública profesional y no deliberante; por otra, de instrumentos bilaterales o multilaterales que permitan a Venezuela ir superando sus rezagos y aprovechar sus potencialidades.

Última acotación: María Carolina Uzcátegui no miente cuando afirma que no hay condiciones para garantizar el voto en el exterior en una primaria y muchísimo menos en una elección presidencial. En esto también tiene que ver la política exterior venezolana como vertiente del sistema electoral.

Guillermo Martín

Guillermo Martín. Politólogo, Doctor en Ciencias Políticas y Sociales. Twitter: @guimarcastel

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